Tuesday, March 15, 2005 - LA PARTIDA DE AJEDREZ
UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Oye; quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en el que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje, y en mi delantal azul envolverás mis trenzas. Fragmento de “María” de Jorge Isaacs
Irán fue uno de los primeros países donde se jugó al ajedrez, después de llegar, a través de las rutas comerciales desde la India en el siglo VI. Es por ello que en el parque Shatrang de Teherán se reúne gente de todas las edades para jugar.
Hafez era un muchacho que además de estudiar en la Universidad, ayudaba a su padre que tenía varias tiendas de tejidos en los bazares de Teherán y Yadz. Le gustaba mucho el ajedrez, y algunas tardes pasaba por el parque Shatrang donde se reunía con sus amigos para jugar.
Una tarde de verano, encontró a uno de sus amigos jugando con una muchacha que irradiaba una serenidad impropia de su juventud. Movía las piezas muy despacio, pero con mucha seguridad, y estaba totalmente concentrada. Su piel era muy blanca. No usaba ningún tipo de maquillaje. Bajo su hijab mostraba las raíces de una abundante cabellera negra. Hafez quedó cautivo de su apacible belleza. Después de la partida, en la que ella resultó vencedora, se presentó. - Me llamo Hafez, y como sabes, significa protector, o sea que te acompañaré a tu casa. - Me llamo Arezzo,- contestó ella,- que como sabes, significa deseo. - Aceptaré que me acompañes hasta la parada del autobús, pero no, hasta mi casa. Cruzaron el parque mientras atardecía. Entre los árboles se veían los montes Alborz con uno de sus picos aún nevado, o al menos él creyó verlo. Entonces Hafez se paró ante una acacia de Persia. Cortó algunas de sus flores rosadas, plumosas, y con ellas escribió Arezzo. Después caminaron hasta encontrarse sorteando el tráfico. Cruzaron las calles entre el murmullo de la gente y el sonido insistente de las bocinas. Hablaron de su afición al ajedrez. Arezzo le dijo que había reunido tableros de alabastro, cristal, onix y hueso, y que su mayor reto sería hacer una partida con la muerte. Hafez recordó que en una película que presentaron en el Forum Universitario, se narraba una partida de ajedrez con la muerte, y le explicó el argumento de; “El Ultimo Sello”. Ella le miraba fascinada. Cuando llegó el autobús ya habían acordado volverse a ver. Ella subió, recorrió el autobús hasta el final donde están reservados los asientos para las mujeres, y le dijo adiós tímidamente desde la ventanilla.
Al día siguiente se habían citado en el parque Yamshidieh, para disfrutar del frescor de sus 15.000 árboles. Ella le mostró un delantal azul que había comprado en el bazar. Hablaron de sus familias, de sus sueños y deseos. Ella le explicó que vivía con sus padres, que en otoño iniciaría su primer curso universitario; pero cambió el tema de conversación para hablar del ajedrez y de la partida con la muerte. Esa tarde Hafez escribió, Arezzo, con unos pétalos de caléndula. El insistió en acompañarla, pero ella le dijo: - Aceptaré que me acompañes hasta la parada del autobús pero no hasta mi casa. Ella subió, recorrió el autobús hasta el final donde están reservados los asientos para las mujeres, y le dijo adiós tímidamente desde la ventanilla.
Al día siguiente se habían citado frente al monumento de la libertad. Subieron las escaleras hasta la terraza del museo histórico y se sentaron a tomar un helado. Hablaron de lo placentero que era estar de vacaciones. Lo bonita que se ponía Teherán con tantas familias paseando por los parques, pero ella cambió de conversación para hablar del ajedrez y de esa partida con la muerte. Hafez se sintió angustiado por las palabras de ella, y para hacer que se sintiera especial escribió su nombre con las fucsias que adornan el muro entre las escaleras y la cafetería. Entonces ella sonriendo, sacó unas tijeritas que llevaba en el bolso, le cortó un mechón de cabello y lo guardó en el guardapelo que llevaba colgado en el cuello. Después Hafez le propuso acompañarla hasta su casa pero ella le dijo: - Aceptaré que me acompañes hasta la parada del autobús pero no hasta mi casa. Ella subió, recorrió el autobús hasta el final donde están reservados los asientos para las mujeres, y le dijo adiós tímidamente desde la ventanilla.
Al día siguiente se encontraron en el parque Niavaran. Él le dijo que se iba a Yadz unos días para hacerse cargo de una de las tiendas de su padre. Que le escribiría una carta cada día. Entonces le puso una sortija que llevaba gravado su nombre. Después, con los nardos amarillos que crecen en el parque escribió Arezzo. Ella, sin esperar que él se lo pidiera le dijo: - Aceptaré que me acompañes hasta la parada del autobús, pero no hasta mi casa. Ella subió, recorrió el autobús hasta el final donde están reservados los asientos para las mujeres, y le dijo adiós tímidamente desde la ventanilla.
Durante una semana no supieron nada el uno del otro. Hafez mientras trabajaba en la tienda de su padre en Yadz, le escribió cada día. En una de las cartas le envió un poema: Quise arrojar una piedra, para espantar el amor. Pero también de la piedra, un fuego de amor brotó.
Pero esas cartas y el poema, no llegaron a Teherán hasta unos días después del regreso de Hafez.
Se encontraron de nuevo en el parque Shatrang. Esta vez, los dos jugaron una partida de ajedrez.
Al día siguiente se vieron en el Mausoleo del Imán Jomeini. Arezzo le trajo un regalo muy especial. Era la reproducción de un Chatarunga, que fue el primer ajedrez de la historia. Reproduce el ejército indio tradicional compuesto por infantería, caballería, carros y elefantes. Hafez se sintió muy feliz y con los pétalos de unas petunias de color violeta, escribió su nombre. Después ella le habló del ajedrez y de esa partida con la muerte. Hafez, insistió en acompañarla a casa, pero ella le dijo:
- Aceptaré que me acompañes hasta la parada del autobús pero no hasta mi casa. Ella subió, recorrió el autobús hasta el final donde están reservados los asientos para las mujeres, y le dijo adiós tímidamente desde la ventanilla.
Hafez estaba muy preocupado por la insistencia de Arezzo en hablar siempre del ajedrez y de la muerte. Compró un ramo de adelfas y decidió seguirla con un taxi. La vio bajar del autobús, y caminar por una calle muy estrecha, hasta entrar en una casa que tenía el aspecto de un colegio. Esperó, y se dirigió hasta la puerta principal. Allí, un rótulo ponía: Rayhaneh House. Entonces supo toda la verdad.
La directora del refugio cristiano para muchachas le dijo que Arezzo fue obligada a casarse a los 12 años con un hombre que resultó ser adicto a las drogas. La ataba cada día a una silla y la dejaba sola con un plato de comida hasta que él regresaba por la noche. Así vivió durante años. Cuando su madre lo descubrió la ayudó a divorciarse. Al estar de nuevo en casa de sus padres, la obligaron a casarse otra vez. Tuvo tanto miedo, que se escapó. La encontramos en la calle y la acogimos en el refugio. Ella juega al ajedrez para olvidar un matrimonio que le destrozó la vida. Esas consecuencias pueden arruinar su futuro y desear suicidarse.
Como Arezzo estaba cenando, Hafez pidió permiso para entrar en el dormitorio de las muchachas y, con los pétalos de las adelfas, escribió Arezzo sobre su cama.
Al día siguiente habían quedado en el parque Shatrang para jugar al ajedrez. Pero Arezzo no llegó. Hafez tomó un taxi y se dirigió al refugio. Le acompañaron al dormitorio. La encontró muerta sobre su cama. No llevaba el hijab y Hafez pudo ver por primera vez su negra cabellera recogida en dos gruesas trenzas. Todas las piezas de sus tableros de ajedrez; reyes, reinas, alfiles, caballos, torres, peones, de alabastro, cristal, onix, y hueso, estaban esparcidos por el suelo.
Se había comido los pétalos de las adelfas que son altamente tóxicos.
Había jugado una partida de ajedrez con la muerte.
Oye; quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en el que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje, y en mi delantal azul envolverás mis trenzas. Fragmento de “María” de Jorge Isaacs.
Mercedes Aguasca
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