DIARIO DE CIVINA

Friday, March 11, 2005 - LA AMANTE DEL IDIOTA - CUENTO -

La amante del idiota

 

Pablo fue abandonado por su mujer, y se volvió iracundo, solitario y ausente. Desde que eso sucedió le llamaban El Idiota. Viajaba por las provincias vecinas, y quienes le conocían decían que compraba estampas, monedas, sellos y postales antiguas para luego venderlas a coleccionistas.

 

Civina vivía desde hacia pocos años en una casa aislada y rodeada de bosques. Se dedicaba al cultivo de bonsáis y de su venta a través de internet. Había sido pianista y viajado por varios países ofreciendo recitales. Pero una artrosis repentina había deformado sus manos obligándola a dejar su trabajo al que dedicó muchos años de esfuerzo. Estaba acostumbrada a ser admirada y extrañaba los aplausos. Se retiro a vivir al campo y no le gustaba relacionarse con nadie, ni con quienes habían sido sus amigos, ni siquiera con su familia. No quería que nadie fuera testigo de su decadencia.

Siempre le gustaron mucho las muñecas y durante sus años como pianista había coleccionado cientos de ellas, muchas regaladas por sus admiradores.

 

Un día llegó un hombre al invernadero de Civina pidiéndole trabajo. Ella manejaba el negocio sola, pero pensó que le ayudaría mucho tener a alguien que se ocupara de los envíos a la estafeta de correos, así ella tendría mucho más tiempo para ampliar su negocio con nuevas variedades de bonsáis. El hombre se quedó a vivir en la cabaña del invernadero.

 

Aunque tenía una voz ronca un poco siniestra, tenía un atractivo misterioso que interesó a Civina, con el tiempo intimaron y fueron amantes. A ella le agradaba hablarle de sus muñecas, de la procedencia de cada una, de las historias de cómo las había conseguido. El hombre tenía unos extraños celos de las muñecas.

Pero llego el día en que Civina se cansó y le dijo que se volviera acomodar en el invernadero. El hombre aceptó pero se volvió iracundo, solitario y ausente. Y continuó con su trabajo aunque cada tarde se tomaba un té con Civina.

 

Pasaron unos meses hasta que un día Civina se encontró muy mal.

Y murió retorciéndose de dolor.

 

Era la noche de San Juan. El hombre hizo una gran hoguera en el jardín donde quemó todas las muñecas de Civina y a ella misma.

Las cenizas las utilizó para abonar los bonsáis.

 

Y siguió visitando la estafeta de correos para hacer los envíos de los pequeños árboles que vendía por internet.

 

Civina había muerto envenenada lentamente por los tés que había compartido con El Idiota las últimas tardes de su vida.

 


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